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viernes, 21 de marzo de 2008

Una nueva aventura…













Hace dos días, el calor del Cusco fue increíblemente fuerte. Era un día perfecto para salir a pasear o ir de viaje. Recibí la llamada de mi abuelo a las ocho de la mañana pidiéndome que lo acompañara en un pequeño viaje, a unos quince minutos del Cusco, hasta “Ccochahuasi”, la hacienda de mi tío Lino, donde próximamente habrá un zoológico de animales serranos. Acepté con un poco de flojera, pero hacía mucho tiempo que no salía con mi abuelo y me encantó la idea, porque no conocía hasta ese momento las nuevas construcciones de “Ccochahuasi”.














Nos llevó, exactamente, quince minutos llegar hasta las instalaciones del nuevo zoológico. Mi tío abuelo Lino y su hijo, también mi tío, Dante trabajaban en la oficina, los servicios higiénicos y la guardianía. Estaban pintando la oficina. Mi abuelo, al llegar y estacionar el auto, le mostró a su hermano algunas cosas que habían llevado: tubos, alambre de púas, un cortador de tubos; en fin, cosas que se necesitan siempre. Entre aquellas cosas, mi abuelo bajo también una gigantografía que llevaba una foto de las instalaciones del nuevo zoológico y la foto del papá de mi abuelo y mi tío Lino: el Doctor Jorge Chávez Chaparro, gran biólogo y ex-rector de la Universidad San Antonio Abad del Cusco.














Me sorprendió mucho ver lo avanzado que se encuentra la infraestructura del zoológico. Todo el terreno ya se encuentra cercado con un muro de adobe y techo de paja. Además, la jaula de los osos, la de los pumas y la de los cóndores ya están concluidas. Sólo falta traer los animales, que según mi abuelo es un proceso que demora mucho. Se tienen varias posibilidades como comprar animales, intercambiar con diferentes zoológicos, obtenerlos por donación o acoger los animales que incauta la INRENA de diversas personas que tienen animales salvajes ilegalmente. Por el momento, mi tío Lino cuenta con unas cuantas especies y algunos ofrecimientos de la INRENA y otros zoológicos.

















Luego de pasar ahí una media hora discutiendo acerca de donde debían poner la gigantografía, preguntando por donde iba a ser el camino principal o hablando de los nuevos animales que traerían; además, de ver las seis u ocho alpacas que estaban ahí, nos fuimos a la casa de mi tío Lino, un poco más lejos del zoológico, en Ccochahuasi. Fuimos y lo primero que noté fue tres curiosas aves que parecían patos; sin embargo, mi abuelo me dijo que eran los “gansos serranos” o las “Huayatas” (pido perdón si la ortografía de ésta palabra está mal, pero es una palabra en Quechua y la escribo tal y como la escucho). Luego, mi tío Lino me presento a Pascual, un pequeño zorro que vive por ahora en una jaula de cuyes adecuada. Después, mi tío desapareció y apareció, luego de unos minutos, con una batea azul que contenía un pequeño lagarto: un cocodrilo. Le dijeron que para mantenerlo se necesitaba templar el agua donde viviría y podría crecer hasta tres metros, razón por la cual mi tío anda pensando en buscarle un nuevo hogar.
















Me olvidaba, antes de conocer a Pascual y al lagarto, mi tío y yo pescamos truchas de su pisci-granja, que funciona ya desde hace mucho tiempo, para comer al día siguiente debido a ser semana santa; es decir, tiempo de abstinencia; cabe resaltar que casi me electrocuto con el cerco eléctrico que, según mi tío, estaba apagado. Luego de estar una hora por ahí, nos subimos al carro de mi abuelo y emprendimos ruta hacia el Cusco imperial para ver el partido del Cienciano contra el José Gálvez de Chimbote. Pero aquel viaje, por cierto el último de mis vacaciones, me recordó aquella niñez de aventuras que tuve con innumerables viajes con mi abuelo hacía diversas lagunas, sitios y pueblos de mi querido Cusco.

miércoles, 19 de marzo de 2008

La Bendición














Recuerdo que cuando era chico me llevaban siempre por el mes de Marzo o el de Abril, según correspondía, a la plaza de armas del Cusco, como un paquete; es decir, recontra abrigado: viviri, polo, camisa, chompa, chaleco y, por último, una gran casaca. Íbamos a la plaza en familia. Primero, mis padres y yo; luego, mis padres, yo y mi hermano pequeño; y mucho después, mis padres, yo, mi hermano y mi hermana chiquitita. Nos llevaban a ver al señor, debido a que era en un día muy especial, por lo menos aquí en el Cusco: el lunes santo de todos los años.

Este año no me abrigue mucho, no me gusta mucho usar casacas. Sin embargo, como todos los años acudí con gran devoción a la plaza central del Cusco para recibir al patrón jurado del Cusco: el “taitacha” de los temblores. Como muchos años, una buena parte del pueblo cusqueño acudió a la plaza, rellenándola hasta desplazar a la gente que sobraba hacia calles aledañas. Cuando te instalas en la plaza, como una hora antes para encontrar buen sitio, puedes observar personas en sillas de ruedas, en sillas portátiles o, simplemente, sentadas en el piso. Se hace de todo, en el pueblo del Cusco, para recibir la bendición de su santo patrón, agradecerle y pedirle lo que se necesita.

Como todos los años, el frío se te colaba por los huesos. Todos los fieles esperaban a la luz de la luna que la figura del “taitacha” complete su largo recorrido. Este año me pareció más corto que cuando era niño, muchos años termine de mal humor porque me dolían las piernas por estar tanto rato parado. Sin embargo, este año, la pase muy bien y distraído porque había que distraer a mi hermana Sofía porque ahora ella era la aburrida por no comprender la situación. La luna iluminaba la noche junto a las luces tenues de todos los faroles de la plaza, también pasan la bendición del señor por televisión para quienes no puedan ir a la plaza por salud u otro motivo.

Ya era tarde, se acercaba la hora. Comenzó a sonar el fuerte sonido de las campanas, especialmente la Maria Angola: el “taita” ya había entrado a la plaza. Todos se pusieron a ver el lado de la plaza que da hacía el templo de la Merced, último paradero del señor antes de llegar a la plaza. Lo vemos pasar frente a la compañía de Jesús y lo vemos también desaparecer al subir al atrio de la catedral. Luego, lo vemos, imponente, preparándose para dar la tan esperada bendición. Empiezan a sonar las sirenas de la ambulancia y los carros de bomberos estacionados al lado izquierdo de la catedral. Las campanas, incluida la Maria Angola, la campana más grande y sonora. El “taita”, que en quechua significa papá, retrocede imponente y se inclina con fuerza en señal de que bendice a su fiel pueblo. Luego, de bendecir tres veces, una a la izquierda, otra a la derecha y una más al centro, se despide de todo su pueblo y entra, nuevamente, a la catedral hasta el próximo año. ¡Adiós “Taita”!


Diseño del artista cusqueño Jorge Flores Najar, mi querido Tío.