domingo, 10 de febrero de 2008

Crisis...














Despiertas en el décimo piso de un gran edificio de la capital. Luego, te alistas, tomas un desayuno rápido y entras en el ascensor que desciende de manera muy paciente. Después, inicias la caminata diaria hacia una de las transitadas avenidas limeñas para encontrar transporte hacia tu centro de estudios. El viaje dura unos veinte minutos y llegas a tu destino. Ya dentro de esta casa del saber te diriges a tus aulas en el pabellón de estudios generales de letras, debido a que decidiste estudiar las ciencias jurídicas, y llegas puntual para encontrar sitio adelante en el aula, para prestar atención, tu principal y única misión. Pasadas tus clases, almuerzas y te mueves de bibliotecas a aulas dentro de la universidad. Ya en la tarde, rozando suavemente la noche, vuelves a hacer el viaje hacia tu hogar, pero antes de llegar compras la bolsa de panes para el lonche y el desayuno de la mañana siguiente. A veces dejas ropa en la lavandería o sales a almorzar afuera un fin de semana. Visitas rara vez a tus tíos que viven a una hora de tu cuarto en el departamento. Y cabe decir que el cielo de la capital posee el mismo color deprimente durante todo el día. Así es mi vida de rutinaria, actualmente. Sin embargo, lo que no tiene rutina es mi pensamiento. Si bien mis cursos, como Lógica y Economía, ocupan parte de mi mente actualmente, la mayor parte del tiempo paso pensando en lo que está a muchos kilómetros de distancia de mi materialmente, pero en lo que se encuentra dentro de mi corazón en realidad: mis calles, mis avenidas, mis plazas, mis veredas, mi frío, mi casa, mi cielo, mi familia y mis amigos, lo que es mío, mi lugar y mi tierra. Viví dieciséis años de mi vida en mi Cusco y no pretendo olvidarlo. No estoy acostumbrado a vivir en la capital y no pretendo, ni quiero acostumbrarme. Lamentablemente, la mejor universidad que enseña derecho a nivel nacional está aquí en la capital y no en Cusco, y tengo que buscar, gracias a la posibilidad que me brindan mis padres, la mejor posibilidad para estudiar. No es mi culpa, no es culpa de Dios, que las mejores universidades estén en Lima, pero no se trata de encontrar culpables; sin embargo, se puede encontrar la razón: la centralización existente en nuestro país. ¿Qué puede hacer un chico de diecisiete años frente a tan grande problema? No lo sé. Hasta ahora sigo pensando y reflexionando acerca de los dos mundos en los que vivo sin salir de mi país: El Perú.

2 comentarios:

Gloria dijo...

Soy limeña y me gusta mi ciudad, aunque en vez de pulmones prácticamente tenga branquias, pero ese estres que sientes es propio de la universidad en sí. Pero tambiém admiro el valor que has tenido para dejar todo por estudiar.

José Castro dijo...

Javi, la verdad es que puedo sentir en parte lo que publicaste en este post. Recuerdo muy bien los 11 años de mi querida vida que pase en Arequipa; y cuando tuve que dejar esa bella ciudad para venir a estudiar acá y estar al lado de mi madre como todo el mundo y yo queríamos. Es díficil adaptarse a una ciudad nueva. Tal vez alguien que no ha vivido fuera de Lima no hará caso al comentario que, nosotros, que hemos vivido y somos de provincia decimos al decir que Lima es una ciudad distinta. Una ciudad cruda, agria, pero al fin y al cabo, la ciudad donde vivimos. Que bueno saber que eres consciente de eso, y de no olvidar de donde eres. A veces, algunos que venimos de allá, nos alienamos con los de acá. OJO! No quiero decir que no ame a esta ciudad. Pues, acá aprendí dos cosas importantes: el conocer y percibir la crudeza de una sociedad urbana, y aprender que es la amistad. Pero al fin y al cabo, uno siempre extraña de donde es.


Diseño del artista cusqueño Jorge Flores Najar, mi querido Tío.